
Son trofeos que no muestra, que aunque los tenga no se ven. No implica debilidad alguna pero en el duelo solo cuentan las heridas del contrario. Sus cicatrices son el recuerdo del honor que tuvieron sus victimas de alcanzarle y el hecho de que el siga vivo y ellos no.
En el mismo lugar, una rutina infinita de esperas donde se comparten solo unos segundos. Pero son tantas las vidas que pasan sin ser la que busca, que se acumulan sobre una superficie de profunda oscuridad.
En el mismo lugar, la eternidad que se ha perdido y un camino donde el enemigo, aun no llega.
Era temida y mucho más, por lo que fuiste
afortunado si lograste que te diera la espalda
y te ocultara la belleza de sus hojas bien afiladas
para así no darte ese beso de color rojo
vivo.

Sé que será mi altar el umbral donde una vida me conozca, el lugar donde alguien me espere sin que sea una eternidad.
Un espacio diminuto que me haga ver lo oscuro de su infinito, a cambio tan solo de lo que quede entonces de mi alma.

Verá el fuego y no le teme, es su destino.
Olerá el aliento y sentirá bajo su piel todo el calor.
Y esperará, contará lo suficiente, como para que por su cabeza solo pase la idea de que el rey caerá muerto y él se coronara victorioso sobre todos los dragones.
Y aquí me hallo, entre mi humanidad y la imponente criatura la
cuál ya apenas puedo controlar. Como si de papel fuera mi alma, avanza
con su llama, tapando de cenizas y terror los pocos paisajes de paz que
con el tiempo había logrado dibujar. Ahora ya no me quedan más opciones.
Recorreré la infinidad de caminos de lava que conforman mi interior,
adentrándome en las dos partes de mi ser estrechando los lazos y
aceptando el inevitable vínculo que existe entre yo y la bestia.
La luz era ténue, la bruma ascendía como una culebra entre las
rocas, siseaba como una vieja amiga (la muerte se acercaba con la
oscuridad).
La luna no era suficiente, el miedo había paralizado a las tropas...
De
entre las escarpadas cumbres del enemigo, había aparecido la silueta
recortada del general Izhum, el despiadado... La muerte, de repente, se
les antojó benévola
Y jamás poder morir o caer, pues eterno es el creador que volverá a
dibujar mis alas, dando vida así a esta combinación de piel y fuego,
sombra y degradado que fui y seré siempre.
Y como si de una tormenta de tratase, el suelo temblaba y los rugidos penetraban en mi ser desde lo mas profundo de la niebla, jamas imagine tanto poder, ¿para que correr ya entonces?

En el corazon de la bestia...
Y ardía la furia en su interior, temblaba la tierra y, a su paso, nada quedaba. Será imposible saciar el hambre del infierno, el cielo tiene ya sus días contados. Me esconderé del hedor de la muerte en oscuros rincones, hasta que el hambre o mi propia carne me condenen.